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Las vacaciones nos ofrecen la oportunidad de crecer, de formarnos, de reconstruirnos por dentro, de recuperar la serenidad y la paz que nos roban las prisas acuciantes de la vida ordinaria. Las vacaciones no pueden ser una pura evasión ni una dimisión de los sanos crierios morales o una huída de uno mismo o del servicio a nuestros hermanos. Las vacaciones tampoco pueden ser un abandono de nuestras obligaciones religiosas, una hibernación de nuestras relaciones con Dios o una huída de Aquel en el que encontramos el verdadero y auténtico descanso. En nuestra relación con Dios no puede haber vacaciones. Todo lo contrario. Al disponer de más tiempo libre, hemos de buscar espacios para la interioridad, el silencio, la reflexión, la oración y el trato sereno, largo y relajado con el Señor. El mar, la montaña, los ríos, el amanecer y la puesta del sol, las noches estrelladas, los animales y las plantas nos hablan de Dios y pregonan las obras de sus manos. Otro modo de aprovechar bien las vacaciones es la lectura reposada, que ofrece un grato descanso a nuestra mente y, al mismo tiempo, es semilla fecunda de criterios sanos y positivos, tando desde una perspectiva cultural como desde la de nuestra formación cistiana. Las vacaciones son, por fin, días para el encuentro y la convivencia, para la charla apacible, para compartir la mesa, gozar de la amistad y robustecer las relaciones familiares, que, a veces, durante el año, resultan escasas o insuficientes como consecuencia del trabajo y de las obligaciones de cada día. Como en el caso de los discípulos de Emaús, el Señor nos acompañará siempre en nuestro camino. Dios quiera que también nosotros lo descubramos en la Eucaristía, en la que muy bien podríamos participar diariamente en estos días de descanso. Que lo descubramos también a nuestro lado en la playa , en la montaña o en nuestros lugares de origen. Ojalá todos volvamos con más ganas de trabajar y de ser mejores. D. Juan José Asenjo. Arzobispo de Sevilla |